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sábado, 24 de diciembre de 2011

El peso del silencio tras una amenaza de muerte

Por Manuel Antonio Velandia Mora
España, Diciembre de 2011

Este 10 de diciembre se celebra una vez más el Día Internacional de los Derechos Humanos. El pasado martes 6, vi una vez más la película “La vida secreta de las palabras” (2005) de la directora de cine española Isabel Coixet Castillo. Un film sobre el peso del pasado de una mujer víctima del conflicto armado, la tortura humana y sus consecuencias. Me siento conmovido por la historia, de alguna manera la relaciono con la mía.

Esta efeméride coincide, además, con la conmemoración del 50 aniversario de Amnistía Internacional y los 60 años de ACNUR, el Comisariado de la ONU para los Refugiados. Y yo, como refugiado, no puedo evitar recordar los días previos a mi destierro y las amenazantes llamadas telefónicas con las que empezó mi pesadilla.

Es una tarde de trabajo en mi casa en el año 2007, suena el timbre del teléfono. Una voz ronca y desconocida grita “¡hijueputa lo vamos a matar!” Me quedo mudo, mi capacidad de respuesta se reduce a cero y Esperanza, la mujer que me acompaña en los últimos meses se queda mirándome -exclama- ¡se ha puesto blanco como un muerto! Yo en voz baja respondo “¡….Aja…!”

Pasan los días y la voz sigue resonando en mi cabeza.  Una vez más suena el teléfono. Ahora tengo miedo de responder, pero igual siendo una línea de ayuda, sé que debo hacerlo. El timbre retumba en cuatro ocasiones, tomo el teléfono y oigo la misma voz, la misma frase “¡hijueputa lo vamos a matar!”. Cuelgo la bocina rápidamente, sin musitar palabra. Esta vez es Carlos Rojas quien pregunta ¿qué pasa? “¡…Me están amenazando de muerte…!” Respondo. Mi respiración está agitada y siento que los músculos de mi cara se tensan. Un corrientazo desde la cabeza a los pies atraviesa mi cuerpo, lo siento justo cuando respondo. No hay comentarios, seguimos trabajando como si nada hubiera pasado.

Unas horas después, ya desde su casa Carlos me llama, me pregunta ¿Cómo te sientes?
La respuesta parece inconexa. “¡… No han vuelto a llamar…!”. La conversación se transforma en un silencio espeso y largo. Llaman una, otra vez, una vez más y se repite la historia. Suena el timbre del teléfono y respondo, ya no pienso en amenazas, sé que se repiten una y otra vez y con ellas el rito de las llamadas de los miembros de la Fundación que preguntan cómo me siento y mis respuestas que no responden y que se quedan en un simple y automático ¡bien!

Le doy vueltas a la idea, debo responder a las amenazas, no puedo permitir que me sigan haciendo daño. Decido que diré lo primero que se me ocurra.
Se oye el timbre y corro a responder, levanto la bocina, es un chico que pide ayuda, teme estar viviendo con el virus que causa el sida. Le respondo, pero me siento frustrado hubiera preferido que me amenazaran y haber podido responder.

Diez largos días después hay una nueva amenaza. Esta vez respondo “¡si te están pagando por amenazarme dile a quien te paga que ya lo tengo claro pero que seguiré haciendo lo que vengo haciendo, que no sé por qué me amenaza pero que tampoco me importa…!” Sigo por varios minutos sin parar el discurso, ya no tengo claridad sobre que estoy diciendo. Sé que la persona me está oyendo, callo y se oye que cuelgan la bocina. Sonrío, me parece creativo lo que he respondido. Por primera vez quedo tranquilo.

He descubierto la terapia. No me puedo permitir callar. Cinco días después se repite la llamada. Esta vez le respondo que debe tener cuidado cuando me vaya a asesinar porque mi hermano es muy parecido a mí y él no tiene la culpa de lo que yo haga o diga, que  si se equivoca seguro no le pagan y si se va a la cárcel hasta su mujer se aburrirá de visitarlo y hasta se consigue un amante para gastarse el dinero que él le ha dado…

Cuelgo el teléfono, no espero que responda. Suelto la carcajada. He roto el hechizo, siento que ahora soy yo el que tiene el poder. En las siguientes llamadas, cada vez digo cosas más locas y ahora comentó a los amigos las ingeniosas respuestas que surgen en esos momentos.  El problema ya no soy yo, sino los amigos que están presentes cuando llaman porque ellos se angustian, son ellos quienes temen responder.
Nunca les amenazan, eso me tranquiliza.

Salgo a buscar el correo en el buzón que se halla junto a la puerta de entrada de mi casa, abro un paquete y descubro que es un sufragio. Me sorprendo cuando lo abro porque creo que es una equivocación, sin embargo lo leo, es para mí. Una vez más siento un corrientazo en mi columna, una vez más me quedo sin respuesta, una vez más siento miedo y una vez más callo al respecto.

Suena el timbre de la puerta de la casa, cuando salgo descubro una corona fúnebre recostada contra la reja de la calle. Creo que es una equivocación pero pronto caigo en cuenta que es otra manera de amenazarme. Lo despedazo y lo pongo en la basura.
Pasan los días y espero una llamada, un sufragio o una corona pero nada pasa. De pronto me doy cuenta que tengo mucha ansiedad, analizo que esa es otra forma de violencia. Decido pensar en qué hacer si me vuelven a llamar, en cómo actuar ante un paquete que no espero, y tomo una resolución, si me vuelven a enviar flores haré un ramo con ellas.

Casi una semana después se repite la historia. Suena el timbre, corro a la puesta, veo la corona fúnebre y decido tomarla, entrarla y desbaratarla. Comento sobre lo bien hecho que me ha quedado el ramo y reímos. Una vez más se ha roto el hechizo.

Son algo después de las doce de la noche, acabamos de apagar la TV y nos disponemos a dormir. Se oye un ruido ensordecedor, se estremece la casa, se oyen vidrios quebrarse y el polvo cae del techo. Le digo a Ricardo Molano, mi pareja, que deben haber atentado contra la estación del Transmilenio que queda cerca de la casa. Le propongo dejar pasar unos minutos antes de salir a ayudar a las personas. Sé por lo que dicen los medios que en algunas ocasiones las bombas explotan dos veces para producir más daños entre los curiosos. Llamamos a la policía.

Salimos de la habitación y observamos que son los vidrios de las ventanas de la casa los que se han roto; las cortinas se mueven con el viento. Bajamos a la primera planta, allí también hay vidrios rotos por todas partes. La puerta está un poco forzada, es difícil abrirla. Cuando logramos hacerlo y salimos, lo primero que observo es que no hay ni una sola planta, el césped se ha quemado y el piso se ve como un campo de futbol hecho en tierra. Hay gente en la calle… todos miran hacia la casa… en esos momentos llega una camioneta con varios policías, se identifican, dicen ser de antiexplosivos. Piden que abramos la reja. Uno de ellos nos dice que debemos ingresar pronto, que el atentado ha sido contra nosotros.

La sala se llena de policías. Uno de ellos me interroga, quiere saber por qué han atentado contra mí. Le explico que estoy en campaña política, que soy homosexual, que trabajo en prevención del sida, que he tenido varias amenazas de muerte, incluso comento que debe ser que no les gusta el color de mi cabello… todos reímos.

Llega Yolanda Quintero. Ha oído el estruendo desde su casa y al igual que a mí me pasó cuando explotaron las dos bombas frente a la suya, ella siente que algo me ha pasado. No sé cómo se enteran pero empieza a llegar gente conocida. En medio de todo el barullo oigo que un policía grita ¡fue una granada, es sudafricana!…Yo me quedo pensando en cómo logran saberlo. En hombre entra a la sala en donde estoy rodeado de policías que no se callan, muestra algo, dice que es la espoleta.

Siento el pecho apretado, tengo ganas de llorar pero no puedo. A las cinco de la mañana llega Esperanza, recogemos todos los vidrios, no quiero ver nada que me recuerde el atentado, sin embargo no es posible, aun meses después encontramos fragmentos de vidrios en los lugares más insospechados. Son casi las siete de la mañana. Llega un periodista de televisión, quiere hacerme una entrevista pero le preocupa que las imágenes sean irreales pues todo se ve limpio y ordenado. Nos pide que pongamos vidrios en el piso… Esperanza -mi ayudante-  lo mira extrañada, entra y trae la basura. Cuando ella se nos acerca con la bosa negra de la basura yo suelto la carcajada, esto es demasiado macondiano, no puede ser verdad que me pidan que monte la escena del crimen para hacer unas tomas de video.

Esperanza riega lago de basura siguiendo las indicaciones del periodista. De pronto me doy cuenta que estoy en pijama y con bufanda…decido ingresar a la casa. No recuerdo que respondí en la entrevista pero de lo que menos tenía ganas era de hacer prensa al respecto. Ariel, mi jefe de prensa ha preparado un comunicado para los medios. Lo envían mientras yo duermo.

Llegan policías que nos regañan por haber recogido las evidencias y ponerlas en la basura. Una vez más la bolsa negra es desocupada.

Casi un año después oigo desde mi casa la explosión de un carro bomba, es el ataque terrorista contra el Club El Nogal, el 7 de febrero de 2003 a las 20:15. Cuando oigo el estruendo sé que es una bomba y entonces lloro, lloro sin para por un buen tiempo…

Por fin logro sacar aquel sentimiento que me aprieta el pecho. Porque, entre el tiempo pesado y angustioso que pasa entre una y otra llamada amenazante, entre la agonía que se vive entre el silencio y el estruendo de una explosión, en medio de la zozobra y la angustia de no saber qué pasaría con mi integridad física y emocional, terminé convertido en refugiado y pude comprender cómo es de dura la vida de quienes sienten en peligro sus vidas. Entendí como es de pesado el silencio que vi

Del sida, su historia en Colombia y el arte

Por Manuel Antonio Velandia Mora
España 2011

En la Fundación Apoyémonos (Bogotá) realizamos como parte del “Proyecto de Comunicación Alternativa para la prevención del sida en Colombia” financiado por USAID/ FHI–AIDSCAP una estrategia centrada en el tema de los derechos humanos, los derechos sexuales y los derechos de quienes viven con el sida. Como parte de la estrategia comunicativa produjimos una serie de carteles, botones y camisetas, en estas tres estrategias comunicativas se diseñaron productos impresos con el eslogan “Los derechos humanos también son sexuales, los derechos sexuales también son humanos”, en las camisetas este texto aparecía traducido a seis idiomas.

La estrategia culminó con la realización de un evento, patrocinado por la Defensoría del Pueblo, sobre Derechos Humanos en la Biblioteca Luís Ángel Arango del Banco de la República, en ese momento el centro cultural más importante de la ciudad.
En el evento se hicieron presentes personeros municipales provenientes de la mayoría de los municipios colombianos, estudiantes universitarios y de educación media (Bachillerato) y público en general convocado a través de los medios masivos de comunicación.
El evento fue realizado del 10 al 12 de diciembre de 1992 teniendo como eje temático el Día mundial de los derechos humanos, fue la primera oportunidad en la que hablé del tema de los derechos humanos entendidos como derechos sexuales a un gran público, pues hubo en algunos momentos de la actividad más de 1200 personas. En esa oportunidad además realizamos desde Apoyémonos, performances e instalaciones relacionadas con los derechos humanos, los derechos sexuales y el sida. Todos los asistentes podían participar de las charlas temáticas e igualmente tenían tiempo para participar en las instalaciones y observar los performances.
Deseo al cubo
La primera de las instalaciones se denominó “Deseo al cubo”, para su realización construimos un cubo de madera de 3 metros de lado, realizado en madera aglomerada perforada en cuadrícula cada cinco centímetros. En su interior se proyectaban diapositivas de arte erótico, reproducciones de obras de arte de artistas de todo el mundo que podían ser vistas a través de las perforaciones en el cubo. En su exterior, de fondo negro, el pintor Gilberto Cerón ilustraba con tizas de colores, una serie de pinturas eróticas. Al acercarse al cubo para observar lo que sucedía en su interior las personas asistentes se pegaban a sus paredes para lograr mirar con más facilidad lo que allí pasaba, de tal forma que fragmentos de la obra del ilustrador se fijaban en su cuerpo o sobre sus ropas.

Televisión a tres bandas
Las imágenes de lo que allí sucedía y de las reacciones de las personas al verse impregnadas con las ilustraciones del cubo, eran tomadas por cámaras de video cuyas imágenes se proyectaban simultáneamente en un programa de televisión realizado en vivo, las mismas personas que observaban el cubo eran entrevistadas por un periodista y estas imágenes también se usaban en el programa de TV, instalación a la que llamamos “Televisión a tres bandas”  y cuya producción fue dirigida por la productora y directora de cine Margarita Carrillo. En el programa de televisión animado por la periodista Gloria Ortega, las personas presentes discutían sobre el tema de la sexualidad y los derechos sexuales de los seres humanos.
Estamos vivos, el cielo puede esperar
Uno de los  performances estaba actuado por actores profesionales quienes vestidos como sacerdotes, monjas, médicos, enfermeras, deportistas y policías jugaban voleibol en una cancha improvisada en medio de la sala de conferencias y utilizando como balón un condón inflado.  Lo extraño del performance era que ese público no era el que frecuentemente se hacía presente en actividades sobre derechos humanos, por lo que su presencia se destacaba entre los demás asistentes, pero además para los presentes era raro observar la presencia de personas vestidas con trajes para hacer deportes en lo que era un “templo” de la cultura y verlos a todos en su conjunto jugando con un condón.
El rostro típico de alguien que vive con sida
Otra de las instalaciones era una exposición de carteles sobre sida y derechos provenientes de diferentes países y expuestos en una de las salas de exposiciones de la biblioteca, que había sido adicionada con un espejo de gran formato que simulaba una ventana y en el que, cuando las personas se acercaban, podían leer pequeños letreros a la altura de sus ojos con el texto “este es el rostro típico de alguien que vive con sida”.  En este exposición se podía observar las imágenes de lo que había sucedido recientemente en el programa de TV, en cuyas imágenes se reconocían a los asistentes al evento, quienes a su vez acababan de pasar por la sala en que se producían las imágenes en mención, realizadas en el programa de TV, en que previamente habían participado como público, panelistas o imágenes de apoyo. Sobresalían en el montaje de esta exposición siete carteles de los que hablaré a continuación.
Fueron siete carteles[1] los producidos en total, todos con mí autoría en sus copies, entre los que se incluía uno orientado a población homosexual, cuya fotografía fue de mi autoría, en él se leía “Tu y el condón mi mejor pareja”, siendo la ilustración dos hombres desnudos, uno ubicado tras la espalda del otro y ambos orientados hacia el mismo lado, en la cual, quien se halla detrás, toca con una de sus manos la pierna del hombre que se encuentra adelante.
Se produjo igualmente un cartel que se ilustraba con la imagen de una travesti, cuyo copy dice “Soy hombre, uso condón”; otro de los carteles tenía la imagen de un hombre viviendo con sida (Gabriel Calvo Massie) visto desde lo alto de un edificio, quien mira directamente a la cámara (el espectador), en el copy dice “Quienes vivimos con sida también tenemos derechos humanos”; se editó además un cartel sobre bioseguridad en cuyo texto decía “bioseguridad, una alternativa de vida”; y otro dirigido a cristianos en el cual se observaba de lejos construida con las letras, una cruz, y que decía “Amaos los unos a los otros, apoyaos los unos a los otros, cuidaos los unos a los otros”; por último se hizo un cartel orientado a mujeres en el que se leía “Ellos creen que deciden, pero nosotras nos protegemos”, en el que la imagen fue la de una mujer, en ropa interior, quien tiene un condón en su mano. la estrategia de carteles fue trabajada en un equipo interdisciplinario conformado por Rafael Baena (fotógrafo), Jorge Rodríguez (diseñador gráfico) y yo (fotógrafo y creador de la mayoría de los copies).
La estrategia también produjo seis botones cuyos textos igualmente decían: soy hombre, uso condón”;  “Los derechos humanos también son sexuales, los derechos sexuales también son humanos”.
La estrategia total mereció el reconocimiento de USAID/ FHI–AIDSCAP en el libro “Making Prevention Work: Global Lessons Learned from the AIDS”[2] como una de las de mayor éxito en el mundo, en el año 92.
Cuatro de los carteles, cuyos temas fueron la bioseguridad, lo derechos de quienes viven con el sida, mujeres y población homosexual, fueron reproducidos por el Ministerio de Salud en Colombia. El cartel para travestis fue reproducido en Washington y en República Dominicana, con apoyo de USAID/ FHI–AIDSCAP; los carteles sobre homosexuales y “Derechos humanos entendidos como derechos sexuales” fueron reproducidos en Ecuador por una ONG coordinada por el colombiano Orlando Montoya.
Taller de formación para periodistas nacionales e internacionales, actores, directores y guionistas de Televisión.
La primera vez que hablé públicamente en Colombia del tema “Derechos humanos entendidos como derechos sexuales” a periodistas fue a un auditorio conformado por  40 de ellos, todos destacados en Colombia como prensa extranjera y a un grupo de periodistas de los medios nacionales, lo hice como parte de la capacitación sobre “Comunicación positiva, sida, derechos humanos y derechos sexuales” que hizo parte del proyecto para Colombia financiado por USAID/ FHI–AIDSCAP. Sobre el mismo tema del taller de los periodistas, se realizó uno dirigido a guionistas de televisión, actores y actrices nacionales.
Magazín Apoyémonos
Algunos de estos periodistas posteriormente fueron los autores de los artículos aparecidos en el “Magazín Apoyémonos”, en el que apareció también mi primera publicación en medios masivos sobre el tema, titulada “Los derechos humanos también son sexuales, los derechos sexuales también son humanos”. Publicación de la que se editaron 200.000 ejemplares, que circularon el primero de diciembre de 1992 con el diario El Espectador y que además cada uno llevaba adherido un estuche con un condón.
Este proyecto fue exitoso, además,  porque al terminarse la agencia norteamericana USAID/ FHI–AIDSCAP tan solo proveyó el 12% del presupuesto total y el resto del capital fue aportado por organizaciones colombianas como el periódico El Espectador (que imprimió a precios de costo 200,000 revistas “Apoyémonos” y las puso como inserto en su periódico a nivel nacional, llevando cada una un condón adherido a su contra-carátula), la productora de papel Kimberly de Colombia (que donó todo el papel necesario para los carteles), Planeta Editorial (que contribuyó con parte de la publicación de carteles), Condones Today (que nos donó 240.000 condones).



[1] Algunos de los carteles producidos en la estrategia se encuentran en los archivos de la National Library of Medicine, de los Estados Unidos de América y pueden visualizarse en: http://www.websters-online-dictionary.org/definition/JORGE. Igualmente pueden verse en: http://sidaarte.blogspot.com/
[2] Family Health International, FHI. Making Prevention Work: Global Lessons Learned from the AIDS. Haciendo funcionar la prevención: Lecciones aprendidas a nivel global del Proyecto de Control y Prevención del SIDA-AIDSCAP, 1991-1997. Washington. 1998.   http://www.fhi.org/NR/rdonlyres/ejbz7fth46q754e2co7dyljrchdmenmvkd4drley6k6t57jkookskpkyjavkcxaw24vpcbufq3uiue/globalenhv.pdf